El ex campeón mundial de los welters, durante cinco años jugó al fútbol en las inferiores de Vélez, donde fue compañero de Mauro Zárate y Damián Escudero. Pero en 2004, con edad de Cuarta, se peleó con un técnico y su vida cambió para siempre. Todos los secretos de una historia de película.
Arriba, es una mezcla inusual: pega y tiene fina estampa. Debajo, un pibe carismático y humilde. Diego Gabriel Chaves no conoce de vanidades, ni de lujos. Aunque, vaya a saber por qué, siempre es el foco de atención. Quizás sea porque es un cazador de gloria. Pero atención: su historia no siempre fue pura bolsa y puching ball. Porque Diego, mucho antes de ser “La Joya”, agotaba sus tardes en un campito o en una cancha de once.
Allí, perseguía sus sueños encerrados en una pelota de fútbol. Aún hoy, a los 23 años, reconoce que “mi verdadera pasión es el fútbol”. No es un capricho. Su testimonio tiene un sustento sólido. Y lógico, no muchos llegan a destacarse en la Cuarta División de Vélez. Vale la pena, entonces, inmiscuirse en esta novela de amor, por la pelota, claro.
Oriundo de Santa Brígida, un desdichado barrio de San Miguel, “Harry” (como lo apodan sus amigos) era un lateral zurdo, con técnica, “un poco complicado en la marca”, pero con buena visión de juego. Jugaba con y por pasión. Que se duplicaba cuando se avecinaba un campeonato zonal. Allí, según comentan, la muchedumbre se agolpaba para palpitar un choque vibrante. Diego Chaves ante un tal Cristian “Pochi” Chávez . “Nos matábamos a patadas, ja. El me encaraba siempre y yo esa no me la bancaba ¡Había mucha pica!”, evoca Chaves. Tiempo después, el destino haría de las suyas con “Pochi”, hoy promesa de Boca.
Dicen que tenía futuro Chaves, aunque nadie aclaró de qué. En 2004, impulsado por su hermano Ariel, tomó con 18 años la decisión “más difícil y acertada” de su carrera. Se calzó los guantes y archivó los botines. “Me dijeron tenés que elegir: las dos cosas juntas no se pueden. Otra no me quedaba. En mi familia son todos boxeadores, ¡Se me iba a re complicar ser jugador! Je”. Así fue como, de golpe y porrazo, huyó casi exiliado de las canchas, decisión propiciada también por una discusión con un técnico de turno en Vélez. Dejaba así muchos amigos, como Mauro Zárate, Ariel Rojas, Fernández Francou, Damián Escudero. Y adversarios, como Damián Luna o Nery Cardozo, quien “¡una vez me volvió loco!”.
Así y todo, su espíritu no menguó. Y edificó una brillante carrera en el deporte de los puños. No fue en vano tanto esfuerzo. Al punto tal que, según confiesa, el fútbol, además de amigos, le dejó mucha velocidad en las piernas que usufructúa en el ring para las salidas laterales. Eso sí, debió trabajar y mucho su físico ya que sus muslos eran muy grandes y le quitaban destreza…
Observa y admira a Bernard Hopkins y a Oscar de la Hoya. Pero sucumbe ante sus auténticos ídolos: Diego Placente y Juan Pablo Sorín. Se levanta todos los días a las seis para salir a correr junto a su hermano Ismael. Aunque añora las prácticas grupales en la Villa Olímpica fortinera. Supo ser campeón del mundo, pero perdió el título interino AMB en julio, en Estados Unidos, ante Keith Thurman. Quiere volver a ser campeón, dice. ¿Habrá llegado a su techo, ya?
Diego Chaves es una mezcla inusual: lucha en el ring, pero respira fútbol.

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