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"LOCCHE SE ENTRENEBA POCO"


Carlos María Giménez fue uno de los superligeros más destacados de los setenta, de nuestro país. Fue campeón argentino, sudamericano y estuvo cerca de ser campeón mundial. A casi 35 años de su retiro, recuerda cómo era ser sparring de Nicolino Locche.


Este abuelo fue boxeador. No necesita ir a buscar su vieja licencia para demostrarlo. Cuando habla, le baila la mandíbula, una y otra vez. Se ve que los golpes, y los años, pasan factura. Y acreditan su pasado en los encordados. Está en su hogar de Bahía Blanca, junto a su mujer de toda la vida, María del Carmen. Toma mates y atiende su tintorería, a un par de cuadras de la cancha de Olimpo. Es una vida sin grandes emociones. Después de todo, aquí no pasa mucho. "Hola, cómo estás muchachito, gracias por llamar, gracias", dice Carlos María GIménez, el único de la guía telefónica.

Este abuelo fue boxeador. No se calzó el cinturón de campeón del mundo porque lo robaron en Maracaibo, según reportó Cherquis Bialo, enviado de El Gráfico. En épocas donde el robo, realmente, era robo. Aquella pelea del 25 de junio del 77, ante el colombiano Kid Pambelé le quedó atravesada en el entrecejo. "El árbitro me paró la pelea porque dijo que tenía un corte en la ceja. Me dijo que así no podía seguir. Pero ya está ya pasó. No es una espina que tengo clavada. Al contrario, me reivindiqué y le cerré la boca a los que me criticaron cuando en el '73, Pambelé me tiró cuatro veces en el Campín, de Bogotá", dice.

Este abuelo, de 65 años, hizo 131 peleas (115-10-5; 59 KO's) entre 1966 y 1979, y es un orgullo para esta ciudad portuaria, que parece ser la atracción del momento para periodistas ingleses por la invasión de loritos barranqueros. "La gente siempre me quiso, extrañé mucho cuando me tuve que ir al exterior, porqué acá no tenía rivales", sugiere, quien se define como un boxeador estético, pero que "no pegaba ni carteles, ja". Se hace el distraído, pero surge en la charla el nombre de Nicolino Locche. Giménez fue sparring del gran mimo durante un año, allá por 1973.

Cuando Locche decidió alejarse de Paco Bermúdez, su padre boxístico, Tito Lectoure contrató a Giménez para que lo ayudara en la preparación. Así fue como el bahiense formó parte del equipo de Locche, a mediados de marzo del 73, en la previa de la pelea que Nico perdería con Pambelé. Compartió ese viaje con Carlos Monzón, ni más ni menos. "Fue una experiencia muy linda, Nicolino era un hombre generoso, cada vez que hablo de él me río,porque nunca dio la posibilidad de que lo golpearan.Lo bueno de entrenar con él era que no te pegaba, pero te cansabas de tirar al divino botón, y eso que no se entrenaba poco por todo lo que fumaba".

Por ahí va el recuerdo, pasó el tiempo ya, pero Giménez tiene una mezcla de alegría y bronca. "¡Cómo boxeaba, por favor!Y yo no era el único que no le podía pegar en los entrenamientos, eh". Habla Giménez, y le brota como una envidia sana, una reacción difícil de explicar, como cuando uno se entera que un amigo se enganchó a la mejor minita del barrio. "No sé si era más inteligente que todos, pero sus reflejos no los tenía nadie. Locche fue producto de la naturaleza. Nunca más vi algo igual", agrega. Y se ríe. "¡Cómo boxeaba!, yo era técnico, pero así y todo no lo podía encontrar.¡Cómo boxeaba!", insiste. Le faltó nomás decir "¡Qué hijo de puta!".

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