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BONAVENA: PELEAR CON EL CORAZÓN EN LA MANO

POR ADRIÁN MICHELENA.
El disparo cortó el pobre aire del desierto de Nevada y pinchó el enorme Globo que Ringo Bonavena llevaba en su pecho. El balazo de plomo siguió su ruta, traspasó la imaginaria camiseta que llevaba tatuada en la piel, y perforó su corazón y el de cientos, miles, ¿qué miles? Millones de argentinos. El destino guíaba esa bala asesina a las 6 de la madrugada del 22 de mayo de 1976. Joe Conforte, o un matón a sueldo suyo -nunca se sabrá quién gatilló- le extirpó la vida a Bonavena, en la puerta del prostíbulo Mustang Ranch. Un mafioso celoso -la historia es ya conocida- terminaba con la humanidad de uno de los campeones más grandes que parió nuestro país. Nunca tuvo la corona mundial, es cierto. Pero Ringo Bonavena, como el Huracán de Cappa, no necesitó de un título para quedar en la historia. El éxito es una circunstancia, si lo sabrá Ringo desde arriba. Allá arriba, señores, ustedes saben. Allí dónde ahora, precisamente, debe estar dándole puñetazos a las nubes, acompañado por una música especial: el cantar de decenas de pajaritos al ritmo del Pío, pío, pío// pío, pío, pá... Esa canción pegadiza que él mismo supo inventar. Bonavena es inmune a la erosión del tiempo porque hizo lo bueno y lo malo antes que los históricos. Inventó eso de boconear y pronosticar sus peleas, antes que lo hiciera el mismísimo Muhammad Ali, por ejemplo. También lo primereó a Mike Tyson en cuanto a mordeduras se trata. En el Panamericano del 63, le mordió la tetilla a un rival (Lee Carr). Y fue sancionado duramente. Con su licencia congelada, emigró a EEUU y debutó como profesional allí. Debutó como profesional en el Madison Square Garden, donde hizo ¡10 peleas!. Léase con atención: diez peleas en el Madison Square The Garden.

Le tocó una categoría brava, bravísima. Y triunfó a pesar de todas las desventajas que llevaba. Tenía todas las de perder. Era breve para la división. No llegaba al metro ochenta. No fue el más rápido. Solía trabar, enredar las peleas, para llevar la cosa a la corta distancia y allí, descargar, sus letales combinaciones. Ni fue el más técnico. Basta con ver cualquier video de sus peleas para corroborarlo. Tampoco recorría todos los sectores del ring: tenía los pies planos. Y para los que lo entronizaron, sepan que se hizo Quemero por adopción. Llegó al Globo de Parque Patricios porque, por líero (entiéndase el eufemismo), lo habían expulsado de la pileta de natación de.. ¡San Lorenzo de Almagro!. Así y todo, Ringo Bonavena se (re) inventó a sí mismo. Esta es la historia del retacón que se hizo grande, gigante, titánico. Esa bocota llena de hambre de gloria lo llevó al cielo.
Bien querido por la gente, por su carisma, por las ravioladas televisadas de mamá Dominga, por sus fanfarronadas, por su porteñisima forma de ser, con autos de lujo descapotables y mujeres exuberantes, amante del juego y de la noche.


Pero ante todo, se hizo grande por lo que hizo cada vez que subió al ring. Siempre se fajó. Nunca le escapó al castigo que impone el oficio. Y portaba los huevos necesarios, esos huevos, que no se compran en el supermercado. Hizo mejor carrera de lo que la ciencia le hubiera pronosticado. El del Chino Maidana, tal vez, es un caso parecido: superaron todas las expectativas. Bonavena, pues, engañó hasta a la mismísima Doña Providencia. Con un puñado de dones, toreó contra los mastodontes más bravos, en tiempos donde no había lugar para reyes de cotillón en la selva. Su historial encuentra a apellidos ilustres, de la alcurnia de Muhammad Ali (lo hizo tropezar en 1970, pero fue noqueado en el 15to), Joe Frazier (perdió las dos veces), Goyo Peralta y Floyd Patterson, entre tantísimos pesados.

Simpatías políticas al margen, (según Ezequiel Fernández Moores, autor del libro Díganme Ringo, simpatizaba con Agustín Lanusse), Bonavena fue amado por el pueblo argentino. Marcó una época en el boxeo criollo. Y aún hoy resulta difícil de encasillarlo, tarea compleja hasta para los historiadores más eruditos. Carlos Irusta y el mexicano Víctor Cota, lo consideran el 4º mejor boxeador de la historia argentina. Osvaldo Príncipi lo ubica entre los 14. Y Eduardo Lamazon y Sergio Ferrer no lo consideran dentro del Top 15. De alguna u otra manera, Bonavena está en la historia. No tenía dobles discursos. Era empático. Pero se enojaba, y volaban esquirlas para todos lados. Si lo sabrá el fallecido Julio Ernesto Vila, que vio como, en una cena organizada por el diario Esto en México, Bonavena quiso agarrarlo a trompadas a Carlos Monzón. “Yo viajo en Primera y vos en el portaequipajes porque sólo peleás con la lengua”; disparó Monzón. Y Bonavena se transformó: tiró los cubiertos, se levantó de la mesa y... zas. Lo tuvieron que frenar entre todos para que no se armara. Así era Ringo. Un personaje. Nadie sabe quién lo mató. Sepan disculpar: ¿quién se anima a decir que Ringo Bonavena ha muerto?
Por Adrio Michelena. Nota publicada originalmente en Enganche

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